viernes, noviembre 30

Oda al sr. Encanto

Hace 85 años entre papayas y huertos vino al mundo el hombre más encantador que he conocido: mi abuelo.

Desde que nació derrocho encanto e inventiva, sus ojos eran un raudal de luz y travesura. Sus mimos eran caricias de algodón. Sus abrazos eran más grandes que el universo y sus regaños solo palabras de sabiduría y esperanza. Su dulzura y bondad llegaban al alma. Su inocencia quedo tan intacta que la llevo hasta la tumba como única compañera.
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De niño fue un tierno granuja, al que ni siquiera su pobreza arrebato esa simpatia y bondad de alma; fue aquí, creo yo, que aprendio el verdadero significado del amor al projimo y el verdadero lugar que tienen los bienes en la vida del ser humano, y me hacen ver el porque no soportaba que un niño sufriera necesidad en este mundo. La pobreza material, la dejo atras, pero nunca permitió que su nueva situación cambiara al hombre franco y sensible que siempre fue.

Dice mi abuela que cuando lo conoció se enamoro perdidamente el, tanto así que mantuvieron su romance en secreto por casi dos años (salvo para el alcahuete de mi bisabuelo), pero el siempre tiñó su historia de amor con matices de piratería y romanticismo para que yo, su nieta regalona tuviera una perspectiva mas linda del asunto. Fue así como hasta los 26 años creí a pie juntillas que conoció a mi abuela en un barco rumbo al Perú, cuento que me hizo creer en el príncipe azul hasta que el año pasado creí encontrarlo en la figura de un chanta que en nada se parecía a mi encantador abuelo. Fue un amor violento, hermoso y respetuoso; gracias a su ejemplo creo que si es posible un “ HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE” cuando existe cooperación, amor y aguante reciproco.

Otro aspecto que me marco fue su carisma, el cual desarmaba hasta al musulmán más ortodoxo y a la beata más fiel; donde quiera que fuese siempre dejo una grata impresión, no sólo dada por su imponente presencia, sino también por su buen trato y galantería (que por supuesto no herede).

Hace 10 años su vida cambio. Ya no profería palabra alguna, solo gestos vagos y de sus múltiples recuerdos ya no podía decir nada; su sonrisa no murió, pero su mundo ya no era la gran familia que fundó, desde entonces este resumía a tres: el, su esposa Olidia y su hijo Juanito ( mi papá ). Atrás quedaron los recuerdos de sus hijas y nietos regalones y esa obsesión que siempre tuvo de perpetuar nuestro apellido (el cual no es el que realmente nos corresponde, por lo demás) a través de los hijos de su hijo, etc., etc., etc. Pese a esto religiosamente acudíamos a su casa en busca de su figura protectora, la cual aun infundía aliento a nuestras vidas y provocaba alegría en nuestros corazones.

Hace 8 años, su luz se extinguió y con ella las risas en la villa de nuestra querida mafia. Nuestro don murió, pero con su partida no se fue la estampa juguetona, elegante y encantadora que tiño de dulzura nuestros recuerdos de familia feliz.
Hoy agradezco el legado que dejo a mi vida, tal vez exento de bienes, pero rico en sabiduría, amor y fe en Dios, porque esa siempre fue la razón de su existencia, y espero que de la mía tambié